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Las redes sociales como armas de desinformación y destrucción masiva

Cayetano Solana Ciprés

Las redes sociales como armas de desinformación y destrucción masiva

Por Cayetano Solana (antiguo alumno esi-uclm)

He de confesar, antes de entrar en materia, que soy usuario activo tanto de Twitter, por gusto, como de Facebook, por necesidad. También uso Instagram de forma esporádica y tanteé TikTok y Twitch, pero me pareció que estaba invadiendo, sin respeto, el lugar en el mundo de otra generación. Vengo, pues, manchado de pecado, y eso que ni declaro lo de WhatsApp y YouTube porque computan como pecado venial.

Vivimos, valga la perogrullada, en la era de la información instantánea y de la comunicación ininterrumpida. De hecho, una porción significativa de nuestra vida la pasamos en interacción con dispositivos multimedia que nos abrasan con noticias y, en consecuencia, moldean nuestra visión del mundo. Según recientes estudios, en el 2021 cada español usó su teléfono móvil durante casi cinco horas diarias, tiempo que asciende año a año.

Este caldo de cultivo, asentado sobre el axioma de que información es poder, supone el sueño húmedo de cualquier autocracia: jamás en la historia hubo tantas herramientas de comunicación y de manipulación de la información al alcance de la mano para imponer una “voluntad social” (donde pone “herramientas” quizá debería poner “armas”).

En otros tiempos de guerra, los aviones debían lanzar cuartillas propagandísticas para levantar el ánimo de la población civil y arengar a las tropas; hoy en día la desinformación se transmite de forma más rápida, barata y eficaz a través de las redes sociales. Es más, está demostrado que todo contenido incendiario y polarizador atrae con mayor fuerza y se difunde con mayor facilidad porque aflora bajos instintos. Si quieres volverte viral, y no sabes bailar con gracia, debes vender controversia, indignación e incluso odio.

Esta perspectiva pesimista se percibe ya como peligrosa realidad a nuestro alrededor. Putin nos lo demuestra a través de su obsesión enfermiza con la censura, con la aniquilación de periodistas díscolos y con la difusión de una perspectiva distorsionada de la realidad. Recordemos que en Rusia está prohibido definir como “guerra” el conflicto con Ucrania y se debe hablar de “operación militar especial” bajo amenaza de ocho años de cárcel. Putin, como ejemplar autócrata, es consciente de la relevancia de la manipulación de la información para alcanzar sus objetivos políticos y militares e imponer su voluntad. Podríamos analizar en profundidad otros ejemplos más cercanos, pero no.

Al respecto, el pasado 21 de abril, el expresidente Barack Obama pronunció una excelente conferencia en la Universidad de Stanford que tituló La desinformación es una amenaza para nuestra democracia). Resulta paradójico que sea precisamente Obama el que alerte acerca de los riesgos de las redes sociales cuando fraguó sus victorias electorales gracias a ellas. Al margen de la simpática ironía, la preocupación del expresidente parece fundada: las redes sociales están bien diseñadas para destruir democracias; nuestro nuevo ecosistema de información está acelerando algunos de los peores impulsos de la humanidad”.

En nuestra vida cotidiana quizá no seamos conscientes de la fragilidad de nuestro contexto histórico y de sus dos grandes pilares, la democracia y la libertad, como si los diésemos por sentados sin atender a las amenazas constatables. Obama recuerda que “las democracias se han vuelto peligrosamente complacientes, pero los acontecimientos recientes nos recuerdan que la democracia no es inevitable ni automática, por lo que se deben introducir reformas para que la democracia no solo sobreviva, sino que prospere”.

Obama confirmó que no es necesario que la gente se crea los bulos para debilitar una democracia, una institución o un gobierno; simplemente se trata de inundar la plaza pública de aguas residuales sin tratar, esparcir suciedad, plantear preguntas, planear teorías de conspiración, hasta que los ciudadanos no sepan qué creer.

Del caos informativo se deriva automáticamente la volatilidad de la verdad: deja de tener sentido la realidad y, entonces, lo relevante es la lucha por imponer tu versión de los hechos. Lo vemos día a día en comunicación política y nos acordamos de Groucho: “¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?”. Y ahí entra en juego el sesgo de confirmación para reforzar las creencias propias: Internet es demasiado grande como para que no encuentres a alguien que diga lo que quieres escuchar. Sigue Obama: “dentro de nuestras burbujas de información personal, de nuestras suposiciones y nuestros puntos ciegos, nuestros prejuicios no se cuestionan, sino que se refuerzan. De forma natural, lo probable es reaccionar negativamente ante opiniones diferentes, lo cual profundiza las divisiones raciales, religiosas y culturales”.

Mención aparte merece la cara noble de las redes sociales como canales de activismo para visibilizar injusticias, agitar movilizaciones o registrar disidencia. Nos permiten vivir al minuto lo que sucede en cada rincón del mundo sin intermediarios. Y, para combatirlo a nivel político, solo cabe la censura y clausura de redes que practican países de democracia cuestionada como China o Rusia. Son precisamente los brazos de inteligencia de este tipo de naciones los obsesionados con la manipulación de los algoritmos de las redes sociales para difundir de forma artificial mensajes engañosos y dañinos que aspiran a debilitar las democracias e interferir en las elecciones políticas alrededor del mundo.

La evolución de la inteligencia artificial aplicada a la tecnología deepfake volverá, en un futuro próximo, más sofisticada a la desinformación. Como señala Obama, se ha visto a sí mismo en una pantalla diciendo cosas que nunca ha dicho. ¿Será posible, entonces, desenredar la realidad si ni siquiera podemos creer lo que vemos? En este magma de la sospecha, los gobernantes se sentirán como pez en el agua para llevar a cabo sus misiones a sabiendas de que la confusión difuminará la verdad.

En la competición entre la verdad y la falsedad, la cooperación y el conflicto, el propio diseño de las redes sociales parece inclinarnos en la dirección equivocada. Obama lo achaca, sin paños calientes, a los intereses comerciales de las empresas gestoras de redes sociales y hace un llamamiento a la transformación responsable de la tecnología desde el espíritu de innovación de Silicon Valley: “no se trata de problemas inherentes a las nuevas tecnologías, ni inevitables, sino el resultado de decisiones específicas tomadas por las propias compañías que intentan dominar la red en general: las plataformas están diseñadas con incentivos equivocados que terminan alimentando los peores impulsos”. El americano insiste en que, para vender más publicidad, las empresas cada vez recopilan más datos de los usuarios y analizan su comportamiento a sabiendas de que el contenido polarizador despierta los más bajos instintos humanos.

Es cierto que los pecados capitales ya existían mucho antes del primer tuit, y no debe recaer la pesada losa de todos los males que afligen al mundo democrático en las redes sociales, pero también es cierto que debemos ser ambiciosos y pensar que una transformación favorable de los algoritmos que las rigen puede permitir aplacar divisiones y reconstruir la confianza y la solidaridad necesarias para fortalecer las democracias.

El filósofo Reinhold Niebuhr proclamó, durante los aciagos días de la guerra de Hitler, que “la capacidad humana para establecer la justicia hace posible la democracia, pero la inclinación humana a la injusticia hace necesaria la democracia”. En esta disyuntiva, por tanto, deben cooperar los gobiernos para enderezar el rumbo de los algoritmos que, con insuperable destreza, generan rendimientos económicos y favorecen la polarización. Un algoritmo no se cuestiona a sí mismo si es justo, si es ético, o si respeta los derechos humanos, a lo sumo podrá expedir un certificado de legalidad. Y, sin embargo, nuestra convivencia en sociedad pende de su aprendizaje y su “inteligencia”. Se rumorea, por ejemplo, que Elon Musk, nuevo propietario de Twitter, está abierto a la posibilidad de liberar el código de la red social.

En este escenario virtual se plantean nuevas incógnitas a los futuros desarrolladores de código acerca de la ética de los algoritmos y del compromiso para anteponer las normas de convivencia y la democracia sobre el caos, la desinformación y la verdad manipulada. Igual que hay periodistas rigurosos y periodistas tendenciosos, en las manos de los que redactan código fuente y diseñan las redes sociales recae la responsabilidad de nuestra libertad futura. No parece poca cosa.


* * Cayetano Solana Ciprés es Doctor en Ingeniería Informática por la Universidad de Castilla-La Mancha, egresado de la Escuela Superior de Informática y ex-miembro del grupo de Investigación ORETO. Tras una extensa experiencia en compañías privadas del sector de la Informática, actualmente es alcalde de Villaescusa de Haro.

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